El presidente Barack Obama anunció el último martes, en su State of the Union su segunda visita a la región (la anterior había sido a México y a Trinidad y Tobago -con motivo de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos) que incluirá a tres países: Brasil, Chile y El Salvador. Días antes, el Subsecretario para Asuntos Latinoamericanos, Arturo Valenzuela, había enumerado una lista de países de la región con los cuales EE.UU. estaba dispuesta a profundizar sus relaciones. ¿Qué tienen en común esos hechos? La ausencia de Argentina. ¿Cuál es el por qué de esa ausencia, más aún cuando las ausencias no son un hecho aislado de nuestra particular relación bilateral con los EE.UU. sino una suerte de impronta de nuestro accionar global en el plano internacional?. Si hay algo que reconocer al gobierno de CFK, es su vocación viajera. La Presidenta, más allá de algunas sobreactuaciones -presencia física en OEA/Washington, con motivo del golpe de Estado en Honduras- y ausencias inexplicables -suspensión del viaje a China y no presencia en la asunción de Roussef- ha estado en lugares importantes para el desenvolvimiento internacional de Argentina. Pero, al mismo tiempo debemos tomar en cuenta el dato de que visitamos más de lo que somos visitados.
Ningún líder de nación políticamente gravitante en el orbe ha aterrizado en estas playas. La explicación reside tanto en la creciente intrascendencia del país en el terreno de los negocios a largo plazo, fruto de la inseguridad jurídica que sabemos construir día a día, como de la falta de confiabilidad política (en una década saltamos de las "relaciones carnales" a un apasionado relacionamiento con Chávez) e institucional (en los últimos treinta años protagonizamos tres megacrisis económicas, violaciones masivas a los derechos humanos, una guerra contra la OTAN, cinco presidentes en diez días, etc.).
No obstante ello debemos resaltar un hecho altamente positivo que es que el país, desde la restauración democrática, ha mantenido inalterables loables políticas de Estado: democracia, derechos humanos, lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, no proliferación de armas nucleares, contingentes de paz de ONU, entre las más descollantes. La pregunta que surge inmediatamente es ¿por qué un país con semejante bagaje positivo es tan intrascendente en la arena internacional?. Como diría mi abuelita "lo que nos mata es la lengua". Con discursos adolescentes, fruto de una visión paleolítica de la realidad, borramos lo que, laboriosamente, hemos edificado durante años.
Yo agregaría a las sabias palabras de mi abuela, otro pecado capital en el mundo de hoy en día: la ignorancia. La creencia que la política exterior, en el caso de una nación de envergadura mediana como la nuestra y muy necesitada del tramado externo, puede servir a los efectos no ya de una incierta "acumulación de poder" interno sino a meros golpes de efecto doméstico y que ello no acarreará consecuencias algunas en nuestras relaciones con el mundo.
Los países desarrollados son tales, entre otras cosas, por conservar una suerte de memoria institucional, que tiene un capítulo dedicado a los agravios inferidos a la Nación. Y un presidente es parte sustancial de ella. Reacciones como la de la Cumbre de Mar del Plata o la "contracumbre" , que se desarrolló con activa participación del bolivarianismo -el original y el autóctono-, cuando la visita de Bush a Montevideo fueron registrados como ataques directos a los EE.UU.