Estados Unidos propinó un espectacular golpe al terrorismo internacional al abatir a su insignia más preciada: Osama Bin Laden. Los tiempos por venir dirán si ello puede transformarse en una nueva oportunidad para apuntalar el proceso reformista que se está dando en la región y avanzar resueltamente en el camino que lleve al reconocimiento definitivo del Estado Palestino, con las ineludibles garantías que debe recibir Israel, o un valioso material para la industria editorial o fílmica. Al Qaeda, al momento, se parecía demasiado a una marca con franquicias. Era difícil que pudiera aspirar a más. Su conducción estratégica estuvo, por años, recluida y paralizada en un enclave de unos pocos metros cuadrados. Sin telefonía e Internet, al menos por lo que se conoce hasta el momento, su única comunicación con el mundo externo reposaba en una suerte de primitivo sistema de chasquis. De allí que su presencia, menguante día a día, estaba dada por los atentados con los que sus células, dispersas por el mundo y gozando de una autonomía casi ilimitada, pudieran conmover al mundo por su atrocidad. Era el terrorismo en su expresión más cruda dada por el ejercicio de la violencia, supuestamente legitimada por una serie de enunciados difusos enmarcados en una pretendida religiosidad. Esa relación directa entre lo celestial y lo terrenal, cuyo único vínculo estaba dado por la supresión brutal del otro, y sin anclaje político viable estaba condenada a la extinción. Se diferenciaba así de otras organizaciones que ejercen la violencia a partir de una reivindicación estrictamente nacional (Hamas, Hezbollah) y no tenía punto de contacto alguno, más bien estaba en la vereda opuesta, con la agenda democratizadora y modernizante que se desarrolla tumultuosamente en el Norte de África y el Medio Oriente. Tampoco Irán y Siria se enrolaban en la lista de sus amigos. Osama Bin Laden era, en última instancia, el catalizador de un sentimiento profundamente antiestadounidense arraigado en esas partes del planeta. Ese único sentimiento, neutralizado en gran medida por la metodología sanguinaria que lo acompañaba, era muy poco para mantener viva la llama de la Jihad. Lo demuestra la pobreza de la reacción por el dolor de su muerte en su propio territorio, el universo del Islam. A lo sumo, alcanzaba para dejar grabado en el memoria colectiva, el momento del peor ataque, de una factura casi artesanal, que sufrió la primera potencia mundial desde Pearl Harbour.
Estados Unidos cumplió con un compromiso institucional. Le tocó a Barack Obama ejecutar una promesa emanada de George W. Bush. Vivo o muerto, Bin Laden debía ser neutralizado. Pasaron casi diez años en los que la voluntad de alcanzar el objetivo no cejó y la perseverancia fue admirable. La inmensa mayoría del pueblo estadounidense siente que se ha hecho justicia y sus muertos del 11 de septiembre ya pueden descansar en paz. ¿Pero ello es así? ¿Cuál es la delgada línea que, en este particularísimo caso, separa la aplicación de la justicia de la mera retaliación? Por un lado pesan los argumentos jurídicos acerca de los derechos que asisten a una nación en una guerra declarada formalmente desde el momento que sufrió el ataque terrorista y las sospechas, no desdeñables, de connivencia de, al menos parte del establecimiento de inteligencia y militar paquistaní, con Bin Laden. Por el otro, que la verdadera justicia, se construye dentro de las instituciones. El Presidente Obama dijo que, a partir de ahora, el mundo será más justo y seguro. No tenemos dudas con relación a lo segundo. La sensación predominante en el mundo civilizado es la del alivio. Se abre una puerta de oportunidades. Sepámosla aprovechar. Por ello, nos quedamos con las declaraciones del canciller brasileño "La muerte de Bin Laden representa una distensión positiva e importante en momentos en que el mundo árabe se manifiesta por más libertad de opinión". Esperemos que así sea.